En esa noche, abría la puerta y allí estabas. Querías respuestas, tenías preguntas. Cuando solo coincidíamos por las noches, no te preguntabas. No dudabas mientras me gozabas. Cuando desaparecía, no te sorprendías. No te extrañaba que no te dijera mi nombre. Pero necesitabas saber. Me harías un juramento. Querías jurarme amor para siempre. Pero, antes, necesitabas saber.
Aunque me sorprendía con ese razonamiento paradójico —sin duda, hijo de tu tiempo— tenía que ser indulgente; sin cálculo no existiría. Si no hubiese calculado habríais sospechado, me habríais buscado, me habríais encontrado, y yo habría dejado de ser, de estar, de tener. «Hija del cálculo», bonito epitafio.
Me reí cuando dijiste: «Nacemos solos y morimos solos», sabedora de que desconocías el sentido verdadero de esas palabras. Tú no moriste solo; yo estuve allí, puedo asegurarlo sin duda alguna.
Y ahora, mi preciosa chiquilla, tú ignoras, al igual que él antes, que no eres como yo. No eres lo que yo, y nunca lo serás. Como él, dices que sabes lo que quiero, lo que necesito. «Eres mi destino», «tenía que pasar», «soy para ti»; palabras que en tu boca me recuerdan que la fatalidad me abandonó hace mucho tiempo, y que tu camino termina en un callejón sin salida.
Niña, cuando te respondí que mejor que no, sabía lo que hacía: no quería, y tú insististe. Ya no hay posibilidad de volver atrás; todo acabará pronto. No llores, sé cómo hacer que la muerte venga tranquila, necesaria, suave.
Su dulce sangre me embriagará, me llenará con sus esperanzas, con sus temores; como la de él me había inundado de su ira, de su angustia. Saciada, continuaré en la nada de mi eterno futuro.
Solo soy una niña caprichosa a la que le gusta jugar con la comida.
🔗
Esta publicación ha recibido el voto de Literatos, la comunidad de literatura en español en Hive y ha sido compartido en el blog de nuestra cuenta.
¿Quieres contribuir a engrandecer este proyecto? ¡Haz clic aquí y entérate cómo!