Se acercó a la reja oxidada.
El alpiste, nauseabundo y mohoso, espantó a los transeúntes.
Inmóvil, se sacudió contra los barrotes hasta sangrar. Su entrecejo, una cresta montañosa entre los ojos.
Exhausto, picoteó la reja. Fría y muda, le devolvió el eco de su propio trinar.


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