Él era un chico de secundaria. Sus calificaciones eran regulares, pero destacaba por ser buen compañero: divertido, sociable y algo deportista. Disfrutaba participar en actividades extracurriculares; el colegio, más que una obligación, era el lugar donde se sentía pleno. Pasaba allí gran parte de su tiempo entre tareas, prácticas y ensayos, y lejos de cansarlo, eso lo hacía feliz.
No vivía cerca del colegio. Cada mañana debía levantarse más temprano que los demás porque era el primero en ser recogido por el busito colegial. En el trayecto de ida solía viajar en silencio, rodeado de compañeros con los que casi no hablaba, prefiriendo dormir mientras el día despertaba. Por las tardes era distinto: era el último en bajar, y el ambiente era más relajado, más vivo. Allí empezó a hacer amistades, incluso con alumnos de distintas edades.

Entre ellos estaba ella. Una chica un par de años menor, alegre, graciosa y con una energía ligeramente desordenada. La amistad surgió de inmediato, aunque se limitaba al trayecto del busito, a conversaciones breves que terminaban cuando ella bajaba. No fue sino hasta que coincidieron en una actividad extracurricular —un grupo que se preparaba para un desfile escolar— que comenzaron a compartir más tiempo.
Con esa cercanía llegaron también los prejuicios. Algunos compañeros murmuraban, sobre todo por la diferencia de edad. A él le incomodaban esos comentarios; le afectaban más de lo que estaba dispuesto a admitir. Por eso, en los recreos se mostraba distante, casi duro, reservando las conversaciones con ella para el busito y los sábados de práctica.

A medida que se acercaba el día del desfile, los ensayos dejaron de ser solo los sábados. Se practicaba también entre semana, y compartir más tiempo volvió inevitable lo que él ya empezaba a sentir: le gustaba de verdad. Aun así, el miedo al qué dirán lo mantenía en silencio. Se conformaba con escucharla, con acompañarla. El aroma de su cabello, impregnado de un shampoo suave y femenino, se le quedaba grabado. Las prácticas eran intensas, y en los descansos conversaban, se desahogaban. A veces, ella apoyaba la cabeza en su hombro para descansar. Él se ponía nervioso, pero le encantaba sentirla así, tan cerca.
Los días pasaron, y sin darse cuenta comenzaron a compartir también los recreos. Las burlas de sus amigos ya no le importaban tanto. Solo quería estar con ella. Aun así, el temor de arruinar la amistad le impedía confesar lo que sentía.

Llegó el día del desfile. La delegación se reunió temprano y esperó su turno para iniciar. Practicaban con sus respectivos grupos y, en los recesos, volvían a encontrarse. Esta vez algo fue distinto. Ella no solo apoyó la cabeza en su hombro: lo abrazó. Y él, sin pensarlo, le devolvió el abrazo. Permanecieron así varios minutos, ajenos a los comentarios que se escuchaban alrededor: “los tortolitos”, “qué lindos se ven”. No les importó. Disfrutaron el momento, abrazados, observando a otros colegios desfilar.
Cuando llegó su turno, ambos dieron lo mejor de sí. No hubo errores. Cada minuto de práctica valió la pena. Al finalizar, el transporte los llevó de regreso al colegio. Se sentaron juntos, recostándose el uno en el otro, compartiendo el cansancio y la satisfacción. Al despedirse, ella le dio un beso en la mejilla. Después de ese día siguieron conversando: en los recreos, en el busito, por mensajes.

Llegó el último día del año escolar. Él no encontró el valor para decirle lo que sentía. Vivía lejos de la comunidad donde estaba el colegio y durante las vacaciones no tuvo oportunidad de verla. Aunque hablaban con frecuencia por chat, no imaginaba lo que el destino le tenía preparado.
Las vacaciones terminaron y comenzó un nuevo año escolar. Ahora él estaba en preparatoria, en otro edificio; ella seguía en secundaria. El patio quedaba entre ambos, y durante el recreo la buscó con la mirada, pero no la encontró. Al finalizar el día, la buscó en el busito. No estaba.
Extrañado, al llegar a casa le escribió. Ella le explicó que sus padres habían tenido que cambiarla de colegio. No entró en detalles. Se disculpó por no haber tenido el valor de decírselo antes. Él sintió un nudo en el pecho. Estaba a punto de confesarle sus sentimientos cuando llegó otro mensaje de ella: se disculpaba por no haberse atrevido a declararse.
Él quedó inmóvil. Las lágrimas brotaron sin aviso.
—Perdóname tú a mí —respondió—. Yo tampoco tuve el valor de decirte cuánto te quería.
Ambos se sintieron rotos. Lloraron juntos, aunque a la distancia. Sin saber que con el tiempo extrañarían profundamente aquel abrazo prolongado, ese beso en la mejilla, el aroma de su shampoo… y aquel último desfile que los unió para siempre.

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Una bella historia de un amor que parecía maravilloso, pero que no pudo ser por la cobardía de expresar sus sentimientos. Un muy buen trabajo.
Gracias por compartir tu historia con nosotros.
Excelente día.
Muchas gracias por tus palabras. A diferencia de otras historias con final feliz, esta deja una enseñanza. Lo vivi en carne propia y aprendi mucho de ello. Un fuerte abrazo y gracias por leerlo!