Se elevó en el vacío para atrapar el tres, una cifra que se hacía más remota.
En el descenso, la garganta le supo a bilis amarga, y sus músculos, rendidos, fueron solo masa ante la ley de la caída.
Los presentes con ojos cristalinos, manos sudorosas, gritos mudos, atestiguaban. El dos, paciente y siliente, torcía el ceño para recibirlo.


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