A veces pienso que una madre es como una luz que no sabe descansar. Siempre está ahí, iluminando sin pedir aplausos, guiando sin esperar reconocimiento. Lleva sobre sus hombros cargas que rara vez confiesa, abraza más de lo que parece, ama más de lo que muestra, y aun así, cada día encuentra fuerzas para levantarse y ofrecer lo mejor de sí misma.
Recuerdo tantas veces en que, siendo pequeña, no entendía sus enojos ni sus regaños. Hoy sé que detrás de cada gesto, de cada palabra estricta, había un amor inmenso que buscaba protegerme y enseñarme a caminar en la vida con seguridad y responsabilidad. Incluso en los momentos difíciles, cuando discutíamos o chocábamos por cosas triviales, su amor nunca desapareció. Siempre estaba ahí, firme, constante, silencioso, pero profundamente presente.
Lo admirable de una madre es que su cariño no se mide en aplausos ni en palabras. Es una fuerza silenciosa, que se muestra en detalles cotidianos: en un desayuno preparado con cuidado, en una mano tendida cuando más la necesitas, en la paciencia que parece infinita ante nuestras torpezas y errores. Es una luz que no se apaga, que no busca reconocimiento, que simplemente existe para hacer la vida de sus hijos un poco más fácil, más segura y más cálida.
A medida que crecemos, vamos comprendiendo mejor la magnitud de ese amor. Comprendemos el sacrificio que muchas veces permaneció invisible, las noches en vela, los esfuerzos ocultos, la lucha constante por sostenernos. Y entonces, sentimos una gratitud profunda, que no siempre expresamos, pero que llevamos en el corazón.
Hoy quiero decirle a mi madre, aunque a veces las palabras parezcan insuficientes, que gracias. Gracias por enseñarme a ser fuerte, por abrazarme cuando lo necesité y por guiarme incluso cuando no sabía hacia dónde quería ir. Gracias por estar, siempre, incluso cuando nadie más estaba. Gracias por ser esa luz que nunca se apaga.
A ti, madre, que siempre llevas más de lo que dices, que das más de lo que muestras, que amas más de lo que imaginas, quiero decirte que te admiro, te respeto y te quiero con toda mi alma. Eres el reflejo más puro del amor incondicional, de la paciencia infinita y de la fuerza silenciosa que mueve el mundo. Y hoy, quiero rendirte homenaje, recordando que, aunque las palabras nunca alcancen a describir tu valor, tu amor siempre prevalece en mi vida, y siempre te llevaré en mi corazón.
💛 Para todas las madres que iluminan nuestros días sin pedir nada a cambio.