Escribió el mensaje en su celular. Un acto de poesía animal, un intento desesperado por verter lo que le ardía en el pecho. El corazón latiéndole como un animal encerrado mientras sus dedos plasmaban el sentimiento sobre el cristal frío. Con los ojos vidriosos y la garganta cerrada por un peso invisible, se levantó de golpe y alzó la vista al techo, suplicando en silencio esa cucharada de suerte que tantas veces había perseguido en vano.
Miraba su entorno: la misma luz indiferente, los mismos sonidos ajenos. Todo seguía igual, como si nadie más supiera que el mundo podía acabarse en un segundo. Caminaba en círculos cortos, los puños apretados contra los muslos, la boca reseca por el miedo, cuando de pronto el celular vibró.
Sintió que el tiempo se detenía. Nunca esperó un «también te amo».

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