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Muchas veces vengo aquí, a este rincón tranquilo, a disfrutar de una bebida, una galleta, un pan. A escuchar conversaciones ajenas, mirando vidas cotidianas. A pocos metros de mí se encontraba una pareja de extranjeros jugando Rummy; en la mesa contigua, una familia de tres disfrutando de un tentempié y a una chica leyendo un libro.
La amable mesera trae una kombucha de jengibre con fresa. Bebida extraña, fermentada y probiótica, pero con ese sabor que te recuerdan los días de verano y los calores intensos. Una delicia para los que amamos el té, una gran desconocida para los que están acostumbrados a beber Coca Cola y Pepsi.
Contemplo desde mi lugar los estantes repletos de libros, en un intento de olvidarme el dolor de mi espalda baja; no sé si se debe a mala postura o a algún asunto del riñón. Quiero pensar que es el estrés producido por una mala noche de sueño interrumpido por culpa de un vecino ruidoso, los ronquidos del cuarto contiguo, y los miles de pensamientos que se alborotan respecto a la salud y la economía.
Me acordé que ese mismo día se produjo un sismo, algo extraño para una región no sísmica. No obstante, sé que la Madre Naturaleza no se anda con tonterías; muchas cosas están cambiando, dirigiéndose a un futuro incierto y sombrío.
Quizás sea poco lo que se pueda hacer para tolerar ese futuro, pero no pierdo la esperanza de que algún día las cosas mejoren para bien de todos.

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