Ingresé por voluntad propia.
No hubo resistencia ni crisis; solo una rendición serena, agotado por el roce áspero de mis días, aquellos en que el desánimo y la inercia se turnaban para abatirme.
Las ojeras como pozos, el cabello revuelto, el olor a encierro que se adhiere a quien ha dejado de cuidarse: todo lo anunciaba. Por eso, cuando crucé el umbral, nadie me echó de menos. El mundo ya sabía que tarde o temprano buscaría refugio en otra parte.
Aquella tarde, ante el libro abierto, temblé al comprender que el instante era el preciso. Me dejé caer en la primera línea y permití que el papel me devorara esa primera noche.


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