El mar de la historia no tiene olas, sino costras.
En sus profundidades, donde la luz se rinde y los ecos se vuelven gritos, el Kraken vigila. Muchos lo consideran una bestia; pero es un sueño que se pudrió en la boca de quienes lo soñaron. Sus tentáculos no son carne, sino una caligrafía de tinta negra que ha arrastrado continentes enteros hacia un vientre de silencio y muerte.
El primero de ellos es Dmitri.
Lleva en el bolsillo un papel arrugado con versos escritos en un rojo ya oxidado por el tiempo. Alguna vez creyó en el brazo que prometía pan y rosas bajo un cielo sin amos. Pero cuando el Kraken lo envolvió, no usó garras, sino un susurro: «Te daremos el mundo entero, a cambio de tu apoyo». Ahora, en la orilla, Dmitri escupe sílabas rotas. Quema su cuaderno para calentarse las manos y mira el horizonte con ojos de ceniza.
—El paraíso no buscaba rimas —dice—. Buscaba cadáveres callados. Y lo entendí tarde.
Luego está Iván.
Tiene el pecho surcado por los latigazos del vapor y el hierro. Alguna vez pensó que su sudor era el aceite que lubricaba el motor del futuro. Pero el Kraken no le dio un mundo nuevo; le dio el número 4711, tatuado entre las venas de un brazo que ya no siente nada. El monstruo lo soltó cuando ya no quedaban dientes que arrancar ni hijos que enviar a las fronteras de ceniza.
—El Kraken no es de fuego —murmura Iván, acariciando su antebrazo vacío—. Es gris. Tiene el color de las fábricas donde nunca sale el sol. Y ofrece alegría y deja solo destrucción.
Sofía solía sostener una tiza, no un fusil.
Su crimen fue señalar una mancha en el mapa de los libros de texto. La llevaron a un sótano donde el tiempo se mide en goteos de agua y confesiones arrancadas. El Kraken le pidió su voz y, a cambio, le dejó un inventario de nombres que ya solo habitan en la niebla. Sofía ya no enseña; ahora escribe cartas a direcciones que han dejado de existir.
—La historia es lo único que el Kraken no puede digerir —dice ella, doblando un papel en blanco—. Por eso la escupe en forma de huesos que el mar devuelve a la arena. La historia le duele.
Mijail aún tiene tierra bajo las uñas, pero no tiene tierras. Recuerda cuando el grano se marchaba en trenes hacia el norte mientras en su caserío el aire sabía a polvo y desesperación. Sobrevivió comiendo raíces y el miedo de sus vecinos. El Kraken lo escupió en un campo de girasoles negros, donde el suelo ha olvidado el olor del trigo.
—No nos quitaron la comida —dice, mirando sus manos nudosas—. Nos quitaron el derecho a sentir hambre sin sentir vergüenza. Y eso lo alimenta a él.
Viktor todavía usa guantes de piel, aunque no hay nadie a quien saludar. Él era el encargado de que los engranajes giraran, el que firmaba los formularios que borraban familias enteras de los censos. «Solo era el peso de la pluma», se repite, pero no puede mirarse en los charcos de la playa. Soñó que el Kraken lo llamaba por su nombre de pila y le explicaba que él no era un brazo, sino un diente; y los dientes, cuando se desgastan, se escupen.
—Llevo el olor del metal pegado a la sombra, y es un aroma que nace de culpar a otros —susurra, ajustándose el nudo de una corbata que se siente como una soga.
El último no recuerda su nombre.
Solo recuerda una estrella de metal que le dieron antes de que el río se tragara su casa. Juega con los fragmentos de un juguete roto mientras unas monjas, asustadas y en la oscuridad, intentan enseñarle un nombre, sin nombrar a Dios, por temor a que el Kraken se retuerza. Pero cuando el niño cierra los ojos, no ve ángeles. Escucha el siseo del agua filtrándose bajo la puerta.
—El progreso olía a pólvora y a la ausencia de mamá —dice, lanzando la estrella al oleaje.
Los seis están en la playa, frente al coloso de tinta.
El Kraken no los ataca; los reconoce como un padre reconoce sus propias cicatrices. «Ustedes me hicieron grande», dice una voz que suena a millones de engranajes moviéndose a la vez. «Me dieron sus miedos y sus silencios. ¿Vienen ahora a pedirme que me muera?».
El Poeta muerde su lengua. El Obrero aprieta un clavo. La Maestra deja caer su carta al viento. El Campesino entierra una semilla muerta. El Burócrata deja caer sus guantes en el lodo. El Niño da la espalda al mar.
El Kraken ríe.
No es un sonido humano; es el golpe seco de un archivo cerrándose para siempre.
—No vinieron a matarme —dice el monstruo, mientras el agua sube por sus tobillos—.
Vinieron a comprobar que sigo aquí.
Y entonces, el mar se traga la orilla y deja una estela roja donde los gusanos se regodean.

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Excelente relato, de un subyacente carácter político, denunciativo de la manipulación del "ogro filantrópico", en palabras de Octavio Paz, y las miserias humanas que produce. Saludos, @franvenezuela.
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