"Las raices del viento"..

in Hive Cuba4 months ago

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No era un viento cualquiera el que soplaba en el pueblo de Albar. No silbaba caprichoso entre las montañas, sino que cantaba. Llegaba cargado de historias, de susurros de otros lugares, de ecos de risas y lágrimas que no eran de allí. La gente decía que el viento tenía memoria, que recogía los secretos de la tierra en su viaje.

Elia, la nieta de la anciana botánica del pueblo, era la única que parecía entenderlo. Su abuela, ya encamada y con la vista perdida en la ventana, le repetía: "El viento no nace en el aire, Elia. Tiene raíces. Raíces profundas que beben de la verdad de las cosas".

Un día, el viento trajo un sonido nuevo, una melodía triste y olvidada que hizo llorar a la abuela sin razón aparente. "Esa canción... es de cuando era joven. De alguien que se fue y nunca volvió".

Intrigada, Elia decidió seguir la música. No era una tarea fácil; ¿cómo se sigue al viento? Se guió por su instinto y por el susurro de las hojas, que parecían señalarle un camino hacia el corazón del bosque. Tras horas de caminata, llegó a un claro donde un viejo roble, medio partido por un raño, se erguía como un guardián. Y allí, el sonido era más fuerte.

Excavando con cuidado entre las gruesas raíces del árbol, sus dedos encontraron algo duro y frío: una caja de metal oxidada. Dentro, protegidas por el tiempo, yacían unas cuantas cartas amarillentas y una fotografía de su abuela, joven y sonriente, junto a un hombre con una guitarra.

El viento, que durante décadas había jugado con aquellas raíces, había absorbido la esencia de aquellas palabras de amor y promesas rotas, guardadas en aquella cápsula del tiempo. Había llevado el eco de aquella pena directamente a la ventana de quien más lo necesitaba escuchar.

Elia llevó la caja a su abuela. No hizo falta que explicara nada. La anciana tomó la foto con manos temblorosas y una paz profunda se instaló en sus ojos. Esa noche, por primera vez en años, el viento no cantó de tristeza. Susurró una nana, suave y reparadora.

Elia comprendió entonces la verdad. Las raíces del viento no eran metáfora. Eran los amores no dichos, los secretos enterrados, las historias que la tierra guarda y el aire, en su eterno vagar, se encarga de recordarnos. Porque el viento no es más que el mensajero de todo aquello que, aunque oculto, nunca deja de latir.